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Afectos y efectos de los terremotos de 2017 en la ciudad de México, por Roberto Manero, Fernando García y Valeria Falleti


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AFECTOS Y EFECTOS DE LOS TERREMOTOS DE 2017 EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Los trabajos de contención y elaboración grupal en el área de concentración en psicología social de la licenciatura en psicología de la uamx

Roberto Manero Brito, Fernando García Masip, Valeria Fernanda Falleti[1]

 

                                                                       - Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año

                                                                         sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón?
                                                                      - No, fue el pasado.
                                                                       - Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno. Óyeme, Melitón,

                                                                        ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor?
                                                                       - Fue un poco antes.

                                                                         Tengo entendido que fue por el dieciocho.[2]

                                                                                               Juan Rulfo, El llano en Llamas, 1953.

 

Introducción

El día 6 de septiembre de 2017, en la Ciudad de México, se activó, por un error humano, la alarma sísmica, diseñada para alertar a la ciudadanía en caso de temblores de cierta intensidad (aproximadamente 6° en la escala de Richter). Al activarse la alarma, suena una serie de sirenas que se escuchan en altavoces colocados por toda la ciudad. Asimismo, se envían señales de alerta a otras ciudades y poblados que pudieran ser afectados por el movimiento. De acuerdo con las características del sismo, la alarma puede sonar con mayor o menor tiempo de anticipación a la llegada de las ondas del sismo. En general, puede anticipar el movimiento alrededor de 30 a 45 segundos. Ese es el tiempo con el que se cuenta para una evacuación veloz de los edificios, y para ponerse en lugares con cierta seguridad.

El jueves 7 de septiembre de 2017, a las 23:49 hrs., cuando buena parte de la población en México se encontraba dormida, sucedió el terremoto más potente del que se tenga memoria en este país. Su epicentro se situó a 133 km al suroeste de Pijijiapan, Chiapas, en el sureste del país. La profundidad fue de 58 km, y su magnitud de 8.2° en la escala de Richter.[3]

Al día siguiente, el 8 de septiembre, una “réplica” de este terremoto tuvo lugar a 72 km al suroeste de Salina Cruz, Oaxaca, de magnitud de 6.1°. En esta ocasión, la profundidad fue de 32 km. El epicentro de ambos terremotos estuvo muy cercano, cosa que se puede constatar en sus coordenadas: el primero tuvo su epicentro en la latitud 14.85°, y longitud ‑94.11°, mientras el segundo estuvo en latitud 15.62° y longitud ‑94.85°.

Los efectos de estos terremotos fueron desastrosos en el sureste del país, especialmente en los estados de Oaxaca y de Chiapas. En Oaxaca, Juchitán fue la ciudad más afectada por los terremotos. Allí se derrumbaron casas, escuelas, hospitales y edificios de gobierno. En conjunto, las pérdidas de vidas humanas superaron las 100 personas, y la infraestructura eléctrica, hidrológica, de comunicaciones, quedó fuertemente dañada. Hasta la fecha, en esos estados cientos de damnificados continúan durmiendo en campamentos improvisados, en tiendas de campaña, y no se espera que la reconstrucción se realice en el corto plazo.

En los días subsiguientes al terremoto del 7 de septiembre, tuvieron lugar más de 8,000 réplicas de diversas intensidades, la mayor de ellas de 6.1° el día 8. Se decretó 3 días de luto nacional por las pérdidas en los estados sureños, y desde entonces el ejército, la fuerza aérea y la armada pusieron en práctica los planes de auxilio a la población civil para casos de desastres naturales (plan DN-III).

Por parte de la sociedad civil, se inició el acopio de ayuda para los damnificados de los terremotos. En la universidad en la que laboramos, la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, hubo varios grupos que se preocuparon por la situación de la población de esos estados, y los comentarios respecto de la intensidad y la duración del sismo estaban a la orden del día. En la Ciudad de México, el sismo se sintió extremadamente fuerte, aunque los daños fueron muy pocos. No se reportaron pérdidas humanas. Las réplicas de este sismo apenas fueron perceptibles en la ciudad.

El lunes 18 de septiembre, aproximadamente a las 13:00 hrs, se disparó de nuevo la alarma sísmica, en esta ocasión únicamente en la UAMX. De acuerdo con las indicaciones de los responsables de Protección Civil, salimos a los lugares marcados para las evacuaciones de seguridad. No se registró movimiento alguno. Después de algún tiempo, la alarma se apagó y regresamos a las aulas y cubículos.

Desde el terremoto del 19 de septiembre de 1985, que dejó miles de muertos y damnificados en la Ciudad de México, y que fue el disparador de una serie de movimientos sociales y políticos en el país,[4] anualmente se conmemora el acontecimiento con un simulacro de sismo, que permite actualizar el conocimiento de la gente sobre las medidas a tomar en caso de terremoto, y también a optimizar los sistemas de prevención y evacuación por parte de Protección Civil. Así, por ejemplo, en los simulacros se toma el tiempo que tarda un edificio en evacuarse, y se calculan las pérdidas en caso de que los edificios colapsaran. La información sobre estos resultados ayuda a que la gente tome consciencia de la necesidad de esforzarse por acercar lo más posible las condiciones del simulacro a las condiciones reales de una evacuación de emergencia.

Así, la falsa alarma del 18 de septiembre en la universidad era explicable en la medida en que se aproximaba la fecha en la cual se realizaría el simulacro general en la ciudad, y por lo tanto se debería estar revisando el estado del instrumental necesario para la prevención en caso de sismo.

El 19 de septiembre, a las 11:00 hrs, se realizó el simulacro general de sismo en la Ciudad de México. Los simulacros, que en la universidad se realizan dos o tres veces por año, han pasado a ser una cuestión ya integrada en la vida de la población de la universidad. La evacuación de los edificios se realiza con mucha calma, sin empujar, gritar o correr. La gente conversa en el pasillo mientras desaloja los recintos, y la reunión en los puntos de seguridad no deja de ser un lugar de encuentro con compañeros de trabajo, estudiantes, etc. En ocasiones, allí mismo se dan intercambios de ideas, de planes para el trabajo docente…

Normalmente, entre 15 y 20 minutos después de la activación de la alarma en los simulacros, es posible regresar a los edificios. Con ese tiempo es suficiente para generar los datos para evaluar la eficacia de las medidas preventivas.

Ese mismo 19 de septiembre, cuando se conmemoraba la tragedia de 1985, de hacía 32 años, a las 13:14 horas tuvo lugar un terremoto de intensidad de 7.1° en la escala de Richter, cuyo epicentro se localizó 12 km al sureste de Axochiapan, en el estado de Morelos, a una profundidad de 57 km. La distancia en línea recta de Axochiapan a la Ciudad de México es de alrededor de 120 km. La duración aproximada del sismo fue de 3 minutos.[5] A pesar de que la magnitud fue menor a la del terremoto de 1985 (8.1° en la escala de Richter), su cercanía a la Ciudad de México y zonas densamente pobladas generó mayor movimiento y, relativamente, destructividad (el terremoto de 1985 tuvo su epicentro a más de 400 km de dicha ciudad)[6].

 

La experiencia del terremoto

Roberto

El lunes 18 de septiembre, cuando sucedió la falsa alarma en la UAMX, me encontraba platicando con nuestra ayudante de investigación, Lic. Diana Nava. Salimos rápido del salón, y nos dirigimos a la zona de seguridad en uno de los jardines de la universidad. Comentamos que seguramente se disparó por los arreglos para el simulacro del día siguiente.

El martes 19 de septiembre, yo había olvidado que se realizaría el simulacro general. Me encontraba impartiendo el Seminario Teórico en la Maestría en Psicología Social de Grupos e Instituciones. Eran las primeras sesiones del seminario. Había iniciado apenas una semana antes. Debido a este olvido, la alarma sísmica me tomó de sorpresa. Debía instruir a los estudiantes sobre las lecturas que deberían realizar para la próxima semana, así como algunos detalles de encuadre. Esto impidió que saliera de inmediato cuando sonó la alarma. La situación de las mesas y sillas en el aula impedían el paso libre a la puerta, y yo me había sentado cerca de la salida. Por ello, el hecho de que no saliera por las indicaciones que debí hacer al grupo, impidió la salida inmediata de algunos estudiantes. Esto me sería fuertemente reclamado posteriormente.

Decidí que la sesión del seminario terminara con el simulacro, es decir, aproximadamente media hora antes de su hora establecida. Nos veríamos hasta la próxima semana. Bajamos a los lugares señalados por el servicio de Protección Civil, y estuve en este lugar hasta que se dio por terminado el simulacro, alrededor de las 11:45 hrs. Inmediatamente después me dirigí a mi cubículo, donde trabajaría con mi ayudante Diana detalles del evento que estábamos organizando, las Jornadas Academia y Autonomía, en el contexto de la Cátedra Cornelius Castoriadis.

Poco después de la una de la tarde salí de la universidad. Debía llevar mi camioneta al taller, para que la verificaran.[7] Aproximadamente a dos kilómetros de la universidad, en el cruce de Canal Nacional y Calzada de la Virgen, sentí un movimiento raro de la camioneta, como si se hubiera ponchado una llanta trasera. Disminuí la velocidad, y aumentó el movimiento. Me detuve, y caí en cuenta que estaba en proceso un sismo muy fuerte. Los árboles y postes que había en la avenida se movían enérgicamente. Los postes llegaban a una inclinación de al menos 30°. Decidí no bajarme de la camioneta. Había cables de electricidad en todos los lugares cercanos. La gente había salido de los edificios y casas cercanas, y se encontraban en la calle.

Intenté comunicarme de inmediato con mi esposa, a través del WhatsApp. No recibí respuesta hasta algunos minutos después. Posteriormente, recibí mensajes de mis hijos, en el sentido de que se encontraban bien. Conduje la camioneta hasta el taller, y había mucha gente en la calle, un clima de conmoción. Pensé que, en esta ocasión, iba a ser difícil que la ciudad quedara sin daños. Seguramente algunos edificios habrían caído. Esperé que no hubiera muertos.

En el taller me dijeron que había muchos edificios derrumbados, que seguramente estarían cerrados los centros de verificación. De cualquier manera, decidí dejarles la camioneta. Pedí un taxi al servicio Uber. Tardó mucho tiempo en llegar. Venía desde lejos, prácticamente desde la zona de la universidad (Coapa).

El taxista traía encendido el radio. Allí empecé a caer en cuenta de la magnitud de los daños. Varios edificios caídos, y muchos daños en la zona de Coapa, donde yo había vivido algún tiempo, y en donde está la universidad. Es la zona por la que circulo cotidianamente. En las horas siguientes al sismo, poco a poco fue llegando la información de las tragedias.

Llegó el momento en el que no se pudo circular más. La Calzada de Tlalpan, por donde circulaba el taxi rumbo a mi domicilio, estaba bloqueada. Pocos minutos después, las rutas alternas también. Descendí del taxi y empecé a caminar. Sobre la Calzada de Tlalpan se veían motocicletas y autos que circulaban velozmente, algunos en sentido contrario. Se oían las sirenas. Empecé a oler el gas. Era bastante intenso el olor. Caminando sobre Tlalpan, llegué a la altura del multifamiliar que se derrumbó. El tren ligero ya no circulaba, ni los autos. Parecía un hormiguero. Había muchas personas que corrían, llevando carretillas, palas, picos, cascos, etc. En las bardas que separan las vías del tren ligero, había un joven de alrededor de 25 años, gritando instrucciones para organizar el rescate, la ayuda y conminando a la gente a apagar todo aquello que pudiera hacer explotar el gas.

El ambiente me afectó: impotencia, incredulidad, miedo. El sonido de las sirenas era cada vez más frecuente e intenso. Todo el tiempo hubo sirenas. Las personas que caminábamos (no había manera de transportarnos hacia el sur) nos hablábamos con la mirada. Había algo indescriptible en ese ambiente. Creo que no podré olvidarlo. Pero sé que fue esa sensación la que me dañó.

Paré en una tienda para comprar un refresco. Había mucha gente. Clima de conmoción. Finalmente, llegué al cruce con División del Norte. Allí sí circulaban los autos, y Calzada de Tlalpan estaba despejada desde allí. Nuevamente pedí un taxi, y llegó aproximadamente en 10 minutos.

De ahí en adelante el sismo se convirtió en el único tema con mi pareja, con mi familia, en las conversaciones. Recibí noticias de los amigos. Ninguna desgracia que lamentar, afortunadamente. Los noticieros solamente hablaban del sismo. De vez en cuando las cadenas de radio y televisión se convertían en medios de comunicación, que permitían enviar mensajes sobre las necesidades o requerimientos de materiales para el rescate de las personas que habían quedado atrapadas.

Ese clima de conmoción me atemorizó, me dañó. Me sentí tenso, angustiado. No dejé de ver las noticias, tratando de hacerme una imagen de lo sucedido. En mi casa, mi esposa ya había recogido el caos de objetos caídos con el movimiento. Mi casa está situada en la Sierra del Ajusco, al sur de la ciudad: una zona rocosa, fuera del área de reflexión de las ondas sísmicas. Aun así, el movimiento se sintió muy fuerte. Se cayeron libros, botellas, todo tipo de objetos. No obstante, más allá de la falta de algunas cosas que se habían roto, cuando llegué a mi casa todo estaba ya en orden.

Valeria

Me encontraba en la UAM-X, se escuchó la alarma, mi secretaria me miró, hicimos contacto visual, me hizo señas de “vamos a salir”. Intuitivamente me acerqué al muro de carga, miré a la profesora Adriana Soto que estaba en frente agarrada a una estructura de hierro, luego vi a Laura Peñalva, la coordinadora de los posgrados, estaba también en el mismo muro. Intuitivamente también nos enlazamos los brazos para mejor llevar el movimiento en zigzag, de un lado al otro. Miré el espejo y vi cómo se movía la estructura del edificio con nosotros en ella. Miré fijamente el techo deseando que se detuviera el movimiento. Varios alumnos alrededor estaban realmente angustiados, los profesoras de cerca se les acercaron para contenerlos, estaban aturdidos.

Según nos contaron, ya después, varios otros alumnos salieron corriendo por las escaleras. Pasado el movimiento empezamos a bajar las escaleras, nos quedamos en el jardín del edificio central de la Universidad unos escasos minutos, hablando, compartiendo, llamando, mandando mensajes por whatsapp, y luego de recoger lo que quedaba en las oficinas nos retiramos. Después de casi cuarenta minutos pude dejar el edificio de la Universidad, y después de 3 horas en un trafico increíble por el Periférico, pude llegar a mi casa, escuchando el horror de los sucedido por la radio….Muchos muchísimos autos, todos en el Periférico yendo hacia el norte, muchas personas caminando y corriendo de un lado a otro por las laterales del mismo.

Fernando

                                     “Para el hombre, lo universal está en la imagen y no en el cielo (las Ideas),

                                      ni (solamente) en Dios; es potencia, como una carga de sentido extraíble.

El fantasma es ese tal sujeto. Y si es moviente, es porque es móvil, lo es en tanto que se mueve, que varía, según la línea de la experiencia”.

Jean-Baptiste Brenet, Je fantasme, 2017.[8]

Los cuadernos y las carpetas de trabajos antiguos de estudiantes que yo había empilado por años sobre uno de los libreros, empezaron a caerse encima de mi cabeza en lo que yo trataba con todas mis fuerzas de detener el mueble de madera de ley. Tuve que soltarlo, cayendo como muerto bajo el estruendo de trescientos libros sobre mis plantas y la alfombra de mi estudio, en la cual unos cuantos segundos antes hacía ejercicios echado sobre ella. Fue así, de espaldas contra el suelo, que sentí el primer golpe del terremoto. El de a deveras, el de antes de la maldita oscilación eterna. En lo que salto fuera del estudio hacia el corredor, visto mi impotencia en detener el librero, oigo otro estruendo dentro de casa. Creí por un instante que era el edificio el crujía. Después veríamos que era otro librero aún mayor que se había caído encima de una mesa, destrozando todo lo que encontró en su trayecto: plantas, mesa, objetos de vidrio, etc.; y otras centenas de libros quedaron debajo de los escombros, espantados pero vivos.

Vivimos en una de las zonas sismicas de más alto riesgo de la Ciudad de México, la Colonia Roma. En frente de mi edificio, en la esquina de dos calles muy transitadas, pasa por debajo una falla geológica según un mapa publicado posteriormente por la UNAM. Ningún edificio de ese cruce se cayó. El nuestro es del año de 1943. Ha resistido a los sismos de 1957, el de septiembre de 1985, y los del 7 y 19 de septiembre del 2017. Cada vez que pasa un vehículo de carga pesada en esa esquina, y eso ocure todos los días a cualquier hora, el edificio oscila, por lo que ya estamos acostumbrados al movimiento del inmueble. Pero esa mañana del martes, algo fue diferente. Yo sentí que era un terremoto distinto, incluso al del doce días antes, que fue en la noche. En ese, sentí el movimiento pero ni me levanté de mi cama, mi mujer me gritaba que bajara a la calle, allí ya estaban todos los vecinos de los siete apartamentos, vestidos de pijama o en calzones, comentando en medio del susodicho cruce con otras decenas de vecinos de otros lugares; me quedé sólo en el edifício (después descubriría que no había sido así).

Cuando me salí del estudio, y me sostenía entre las paredes del corredor, pues la oscilación era violenta lo suficiente como para tirarte al suelo, me dí cuenta de que Justina, nuestra empleada doméstica hace veinte años, estaba en la azotea del edificio, un piso arriba de mi estudio, con las dos perras xoloitzcuintles, madre e hija, que todos los días suben a tomar el sol en cuanto ella riega y cuida de nuestra huerta urban roof. Corrí a la escalera de hierro en caracol, gritando por ella, y oyendo explosiones lejanas, seguramente de transformadores de luz. La encontré aterrada, en medio de la azotea, agarrando a una de las perras entre los brazos, y la otra, asustada, estaba pegada a sus piernas (esta perra pasó un par de semanas con sintomas de estrés postraumático, en el momento del terremoto desesperada se quiso tirar de la azotea para salvarse de lo que sucedía pero no entendía, o sí. Son cinco pisos). En eso, empiezo a ver subir nubes de polvo localizadas en algunos puntos de la colonia, y un poco más allá, en lo que yo creía ser la Colonia Condesa, y al sur más nubes de polvo, en lo que serían las Colonias Narvarte y Del Valle. Varios edificios habían colapsado, pero yo no lo sabía propiamente, apenas lo intuía porque veía efectos, veía fantasmas de edificaciones, de personas ya muertas probablemente.  

Habían pasado no más de cuatro minutos desde el primer golpe sísmico, pero como decía Einstein, al ver a una linda mujer en un vaporoso vestido caminando en la calle, el tiempo pierde su dimensión subjetiva de inmediatez, su duración egóica, y éste se estira en una lentitud encantadora, todo lo contrario de la experiencia de pavor que yo sentía en ese momento: el tiempo había desaparecido bajo el giro del manto negro de la señora muerte.

Mi mujer estaba en Costa Rica trabajando, su hija estaba en la Universidad al poniente de la Ciudad en dónde es montaña y el peligro es mínimo. La luz se había ido en casi toda la ciudad. Con un radio de pilas que Justina tenía en su cuarto, y que se llevó adentro de la casa en dónde recojíamos los destrozos del segundo librero, pudimos enterarnos de lo que había sucedido y estaba pasando. No había nadie en nuestro edificio, pues todos los que no estaban trabajando fuera, habían salido al cruce de calles. Tal y como en el otro sismo, yo seguía dentro del edificio. En lo que platicaba nerviosamente con Justina, me contó que en el sismo del 7 de septiembre en la noche, ella tampoco pudo bajar porque, por la obscuridad de su cuarto - fue casi a la una de la mañana, no encontraba sus sandalias y además no quería bajar a la calle sin las perras.

En las siguientes horas pude comunicarme con mi esposa, con su hija, con mi hermano, con mis amigos, y la luz regresando, pude dar más notícias y recibir más notícias por Facebook y WhatsApp. Las escenas de los derrumbes aparecían ya por la televisión. Me dediqué durante toda la semana a recoger mis libros y mis papeles, y las carpetas de estudiantes, regados por los cuartos mencionados; limpiarlo todo, aprovechar para tirar todas esas carpetas de más de diez años, y otros papeles sin valor, reorganizar todos los libros de nuevo, para poderlos encontrar organizadamente en los doce libreros esparcidos por el departamento.

Pasé muchas semanas muy nervioso, nunca había sentido la vulnerabilidad de mi existencia tan profundamente. Sí llegué a pensar por instantes, en aquel momento del sismo, que el edificio se podía caer, y me veía aplastado bajo sus restos rotos.  

Y no, no me fui de brigadista a sacar gente de entre los escombros ni a atender psicológicamente a daminificados en las banquetas de la ciudad. Me sentía dañado, sin saber enteramente el por qué. Me sentía como el fantasma de mí mismo.

 

Los primeros días después del sismo

Poco a poco fuimos cayendo en cuenta de la dimensión del desastre. Primero fue la duda sobre la suspensión de labores. ¿Habría clases el día siguiente? La tarde del 19 de septiembre, la Rectoría de la Unidad Xochimilco dio el aviso de suspensión de labores hasta nuevo aviso. Debían revisarse las instalaciones antes de volver a las actividades. El día 19 de septiembre se suspendieron las actividades, y se reanudaron hasta el 3 de octubre. Fueron dos semanas llenas de sucesos, que permitieron reconocer algunas reacciones y prácticas emergentes. Pero, sobre todo, fueron dos semanas de un profundo análisis social, que mostró con nitidez diferentes aspectos de nuestra sociedad, y de nuestra profesión como psicólogos.

Las brigadas de ayuda y la solidaridad como moral

Fernando y Roberto, a los pocos días de sucedido el terremoto, nos comunicamos por teléfono. Comentábamos lo que estaba sucediendo en un “chat” de WhatsApp que inició la Coordinadora de la Licenciatura en Psicología, con el objeto de organizarnos para brindar la ayuda psicológica que se requiriese, de acuerdo con nuestras posibilidades. A pesar de que Valeria acudió a algunas reuniones para la organización, tanto Fernando como Roberto preferimos no asistir. Nos encontrábamos bastante alterados, dañados, podríamos decir. Sin embargo sí sentimos, como através del chat y de los mails, se juzgaba indirectamente a los profesores que no participaban del movimiento, que no estaban presentes durante los momentos más aciagos. Incluso, una compañera llegó a señalarnos directamente, en este caso, sobre dónde estaba la coherencia de la Psicología Social de Intervención, si no estabamos en el terreno dónde se necesitaba. Empezaban a erguirse de forma slenciosa un conjunto de pequeños tribunales para enjuiciar a los incoherentes, a los alterados, a los dañados, a los que esperaban otro momento para trabajar en lo que saben trabajar.

En un escrito inédito, Roberto Manero había planteado que una cuestión que embargaba los procesos de ayuda y asistencia durante el terremoto de 1985 había sido la necesidad de brindar ayuda como posibilidad de demarcarse, como el medio para establecer dos categorías en torno a los efectos del terremoto: damnificados y asistentes. Asistentes y asistidos.

En esta ocasión, en 2017, hubo cambios muy importantes en los efectos sociales del terremoto:

  1. Las zonas más dañadas, a diferencia de 1985, no fueron zonas proletarias o populares, sino zonas de clases medias acomodadas: colonias Coapa, Roma, Condesa, entre otras. Las capacidades organizativas y las formas de acción de la población en estas colonias difieren enormemente de las que fueron afectadas en el sismo del 85.
  2. A diferencia del 85, la reacción de los cuerpos de emergencia del Estado fue casi inmediata. El Plan DN-III se instrumentó a las pocas horas, y el ejército se vio en las calles poco tiempo después del sismo. También la policía y los cuerpos de seguridad de la Ciudad de México reaccionaron con rapidez. La “toma de las calles” por la población de la ciudad fue, por lo tanto, mucho menos evidente que en el 85. La ayuda a la población fue una tarea que, al menos, se insertó dentro de un encargo mucho más evidente para las fuerzas de seguridad: asegurar las zonas dañadas, y evitar, en lo posible, que la población tomara el control del rescate de las víctimas. Ejército, Marina, Policía Federal y de la ciudad, los “topos”[9] y los cuerpos de rescate de la ciudad, en poco tiempo tomaron el control del rescate y asistencia a la población damnificada. No hubo posibilidad, como en el 85, de experimentar por un tiempo la autogestión de la ciudad.
  3. A pesar de que una buena parte de los jóvenes que se agruparon en brigadas de apoyo y de rescate no habían vivido el terremoto del 85, sí hubo una experiencia social que permitió que, en esta ocasión, no se sintiese que la autoridad estaba desarmada frente al desastre, sino que había algunos protocolos que permitían orientar las acciones y actividades de los cuerpos de rescate y apoyo del Estado.

Hubo un fuerte impulso, podríamos decir espontáneo, de gran cantidad de personas para salir en ayuda de la población afectada. No solamente resultaron dañadas colonias de clases acomodadas. También localidades como Xochimilco, San Gregorio y otros pueblos de la delegación Xochimilco[10] y Milpa Alta sufrieron pérdidas cuantiosas. En el vecino estado de Morelos, mucho más cerca del epicentro, ciudades como Jojutla fueron severamente dañadas y tuvieron pérdidas de vidas humanas muy cuantiosas. Así que las brigadas de apoyo, que llevaban enseres, víveres, así como herramientas para el rescate de personas, se multiplicaron y se distribuyeron por toda la ciudad y pueblos aledaños.

Evidentemente esto generó un enorme problema de logística y organización. Muchas zonas con derrumbes tenían víveres de sobra, ya no requerían de la ayuda, mientras que a otras no llegaba la ayuda. En las formas de organización de la ayuda aparecieron analizadores interesantes:

  1. Hubo diferencias generacionales importantes. Los jóvenes, acostumbrados al manejo de redes sociales y la comunicación a través de nuevas tecnologías, tenían formas de organización más reticulares, incluso rizomáticas, que se oponían a las formas más verticales y corporativistas de las personas de mayor edad que, sin embargo, tenían más experiencia, debido a que buena parte de ellos habían vivido el terremoto de 1985.
  2. La televisión convirtió desde un principio a la población solidaria en un sujeto heroico. Salir a la calle y ayudar era ya un acto solidario esperado, homenajeado por la televisión, incuestionable. Poco a poco se fue creando una especie de moral que obligaba a participar activamente en alguna brigada para auxiliar a la población afectada, damnificada. Quien no participara en alguna brigada o a través de alguna forma de ayuda quedaba fuera del movimiento de la sociedad, era individualista y poco solidario. Muchos jóvenes se volvieron “solidarios de televisión”. Poco a poco, no fue raro encontrar jóvenes pudientes haciendo “selfies” en sus labores “solidarias”. Hubo una solidaridad por encargo, una solidaridad que claramente se encontraba dirigida y promovida por las políticas televisivas.
  3. Las contradicciones entre los grupos de damnificados y el gobierno de la ciudad, e incluso con el gobierno federal, aparecerían poco tiempo después.

En todo este impulso “solidario”, fue muy claro que, a diferencia de lo sucedido en 1985, la ayuda debía ser “despolitizada”[11]. Sin embargo, esa “despolitización” actuó también en otro sentido, es decir, expropiando de la población la gestión y la posibilidad de autonomía en relación con su tratamiento del rescate y de la reconstrucción.

Los modelos vigentes, los modelos con los que se actuó el proceso de ayuda, fueron modelos completamente asistencialistas. Los damnificados fueron considerados sujetos pasivos, que requerían ser ayudados y encuadrados en sistemas de ayuda en la que podían participar únicamente desde su lugar pasivo. Por otra parte, quienes brindaban ayuda objetivaban al sujeto necesitado. El modelo asistencialista de la ayuda fue ampliamente promovido por los medios y seguido por la población. La constitución de grupos de damnificados que exigen atención a sus demandas tuvo que hacerse no solamente en función de su oposición a las políticas de reconstrucción anunciadas por el Estado, sino también, en buena parte, en contra de la lógica de la ayuda y del lugar que se les otorgaba en ese sistema.

Por último, durante las conversaciones, en el intercambio de experiencias sobre el sismo,[12] se pudo constatar la inoperancia, en buena parte de las edificaciones afectadas, de los protocolos de Protección Civil. Entre esta inoperancia, deberíamos destacar algo que podría ser un enorme lapsus: “No correr, no gritar, no empujar” es la máxima en el desalojo de los edificios. Cuando las escaleras se derrumban, cuando la gente cae y obstaculiza el descenso de otros, cuando el pánico se apodera de las personas, ¿cómo hacerlo? Protección Civil olvidó al sujeto real en el sismo: un sujeto apanicado, un sujeto que no ha sido entrenado ni formado para vivir en un lugar tremendamente sísmico, como es el Valle de México. ¿Cuáles son las estructuras sociales, los vínculos que permitirían evitar el pánico, controlar el impulso que nos ciega y no nos permite reaccionar debidamente?

Máxime cuando se multiplican relatos en los que la sobrevivencia de algunas personas se debió, precisamente, al desacato de las orientaciones planteadas por la protección civil. ¿El triángulo de vida es posible en construcciones como las de la ciudad? Hay quienes opinan que no.

De esta manera, el sismo se convirtió en un analizador, en un minucioso examen de los resultados de la operación de la Protección Civil en la ciudad. Se mostró, fehacientemente, que aún existen enormes huecos y lagunas en las políticas de protección a la ciudadanía.

La organización de los psicólogos

A diferencia de los sismos del 85, muy pronto empezaron a aparecer demandas específicas para servicios de psicólogos. Se les empezó a requerir en brigadas de auxilio o en los lugares en los que se realizaba el rescate de supervivientes o de cadáveres de las víctimas del sismo.

Hubo en principio lo que aparecía evidente: era necesario contener el dolor y desesperación de familiares y amigos de las víctimas directas del sismo, de quienes habían muerto o se encontraban atrapados.

En un segundo momento, apareció la demanda de trabajo con niños, sea para comunicarles la muerte de algún pariente, o para contener los efectos desestructurantes de la pérdida de la vivienda en esas circunstancias.

La Coordinadora de la Licenciatura en Psicología, a través de un “chat” de profesores en WhatsApp, avisó en primer lugar la suspensión de labores, el día 20 de septiembre. Allí, aparece explícita por primera vez la intención de organizarse para brindar apoyo psicológico. La expresa una egresada de la Maestría en Psicología Social de Grupos e Instituciones, que en ese momento laboraba como profesora de la licenciatura.

Esta idea fue secundada por la Coordinadora. Propone una organización que integre a profesores y estudiantes. Después de múltiples adhesiones y aportes sobre lugares en donde se solicita apoyo psicológico, la Coordinadora expresa lo siguiente:

¿Alguno de Uds tiene algún modelo para intervenir en una situación de emergencia, crítica? Estamos revisando el trabajo de AMPAG[13] para casos de desastre, coordinado por Mario Campuzano que tiene algunas cosas interesantes.[14]

Resulta interesante que en una de las escuelas de Psicología más importantes de México pudiese surgir una pregunta así, sobre todo si pensamos que es una universidad que nació precisamente para trabajar sobre las necesidades de los grupos mayoritarios en el área de influencia en la que estaba situada cada unidad universitaria, en el área metropolitana, como lo indica el nombre de la universidad. En una zona altamente sísmica, no había más planes de asistencia y rescate que los de Protección Civil, y en éstos el lapsus sobre el sujeto psicológico en el desastre era evidente. Este lapsus institucional se extiende a la misma escuela de Psicología, que curiosamente no tiene ni un departamento, y realmente muy pocos contenidos académicos que pudieran dirigirse directamente a la reacción inmediata, en el plano psicológico, en situaciones de desastre.

Es evidente que existen libros y artículos al respecto. Éstos han sido ampliamente citados por estudiantes de licenciatura y posgrado en sus tesis, muchas de las cuales se han desarrollado a partir precisamente de situaciones de desastre natural (inundaciones, terremotos, huracanes, etc.).

Así, la forma del lapsus fue el olvido. ¡Muchos de nosotros habíamos dirigido tesis sobre el acompañamiento psicológico en casos de desastre! Pero este olvido, nos parece, analiza dos elementos del proceso de nuestra escuela:

  • Todos estábamos alterados y damnificados. Sería una condición ilusoria pensar un modelo clásico de asistencia en la que existiese un sujeto que contiene y otro incontinente. Por ello, habría que preguntarse sobre la condición que experimentamos para poder asistir o acompañar a otro. Algunos de nosotros pensamos que no estábamos en dicha condición. El olvido en este caso fue la interrogación sobre la condición del terapeuta o analista para poder asistir o acompañar al otro.[15] El impulso hacia el olvido fue la necesidad imaginaria, presente en las disciplinas psi, de separarse, de establecer una distancia con el sujeto asistido.
  • Hubo también un olvido en lo que respecta a la vocación y la orientación del proyecto de Psicología en la UAMX. Una discusión que está presente desde hace muchos años tiene que ver con la insistencia de algunos profesores de incluir una tercera Área de Concentración,[16] en Psicología Clínica.[17] Así, la demanda imaginaria que se construyó en el grupo de psicólogos fue una demanda de contención y de acompañamiento. La demanda era pensada como una demanda terapéutica, y los psicólogos de la UAMX nos encontrábamos desarmados frente a dicha demanda (¡no tenemos clínica!). Algunos privilegiaban como demandas psicológicas trabajar con personas en crisis. Se mencionaban modelos de diversos grupos de psicólogos. Grupos de psicología de la Facultad de Psicología de la UNAM[18] y del ITESM[19] ya se encontraban organizados. Así, los psicólogos de la UAMX aparecíamos como rezagados frente a la organización y el saber hacer de grupos de otras instituciones. El cuestionamiento de las prácticas instituidas estuvo, en esos primeros momentos, ausente. Frente al desplante asistencial y bien pronto asistencialista de las prácticas psicológicas instituidas, lo único que pudimos observar fue la supeditación a los modelos que se implementaron de manera casi automática, modelos de carácter asistencialista.

Algunos días después, sin embargo, aparecieron otras posibilidades. Colegas de la AMPAG, que habían realizado experiencias de trabajo durante los terremotos de 1985, ofrecieron su experiencia para trabajar en el sentido de una salud mental comunitaria. Evidentemente dicho proyecto supondría transformaciones importantes en las prácticas de auxilio a la población. Este ofrecimiento, desgraciadamente, no tuvo eco en el grupo de profesores de WhatsApp.

No obstante, poco a poco el énfasis en los trabajos directamente terapéuticos se fue diluyendo en formas mucho más variadas de atención a la población. Se multiplicaron grupos que acompañaban brigadas de ayuda multidisciplinaria. El modelo del consultorio volcado a la calle poco a poco se disolvió en otros, entre los cuales se destacó el acompañamiento a brigadistas y rescatistas. Así, el trabajo psicológico empezó a sacudirse el peso de las prácticas dominantes de carácter individual y terapéutico, y se inició algún trabajo colectivo para la atención de demandas urgentes de algunas poblaciones.

Más adelante, en el contexto del grupo de elaboración que creamos en el seno del Área de Concentración de la Licenciatura en Psicología Social en la que trabajamos, caeríamos en cuenta de que el papel asignado a los psicólogos también tenía un encargo muy claro de contención, ya no continencia, de las demandas de grupos de damnificados.

El regreso a clases, y el espacio de elaboración

Fue toda una cuestión pensar en el regreso a las clases ¿cómo era posible reconstruir nuestras rutinas en medio de tanto “escombros”?

En una reunión de equipo de profesores del área de concentración en Psicología Social, consideramos importante poder habilitar un espacio de reflexión y elaboración de la situación del sismo. No era posible regresar a las clases como si nada hubiera pasado. Pensamos destinar un día para la licenciatura y otro para la maestría, que no se trabajará en el presente artículo por falta de espacio.

Nos concentraremos en algunos relatos y problemáticas planteadas en cinco reuniones de una hora y media, realizadas semanalmente después del sismo con los estudiantes de la Licenciatura (3/10, 10/10, 17/10, 24/10, 31/10) . La primera consigna del encuadre fue, que venga al grupo quien quiera. La segunda, los profesores también estaríamos en calidad de participantes, en calidad de sujetos “fantasmatizados”, espantados como decimos en México, de sujetos damnificados de un modo u otro.

Uno de los profesores inició preguntando, “¿En este grupo existen damnificados?”. Iniciamos ese encuentro con un gran silencio, luego comenzaron a hablar, empezaron a soltar las angustias de la experiencia traumática. Hacemos una selección de algunos de los testimonios y reflexiones ligadas a su comprensión:

  1. Una alumna comenzó el relato diciendo que se encontraba en el centro histórico, que vio a muchas personas corriendo… que luego quiso subir al metro…que acabó en el coche de una señora que le dio aventón hasta Tlalpan, rumbo al sur de la ciudad, pues ella vive en Xochimilco. Sucesiones de escenas relatadas con mucha angustia y lágrimas. Después de varias horas, finalmente pudo llegar a su casa y al ver a sus familiares y ellos a ella, desató en llanto (dice que soltó la tensión y la angustia contenidas).
  2. Otro estudiante relató que fue la primera vez que tuvo la sensación de que no iba a seguir viviendo, que ahí se quedaba, y acotó “y eso que estuve en balaceras, y en otras situaciones de riesgo, pero esta es la primera vez que sentí que todo terminaba ahí…”. Después de exteriorizar este sentimiento, llorando, cuenta qué pasó. Comenta que estaba en el comedor de su casa y…“vi la grieta en la pared, luego otra, corrí a ver a mi madrastra en su habitación, se hace otra grieta más…”. Lograron salir todos del edificio de la Colonia Del Valle pero hasta la fecha está bajo el control de Protección Civil por la posibilidad de colapsar. No pudieron sacar sus cosas, y viven hasta hoy con familiares. En cuanto pudo en ese día, se fue corriendo hasta un edificio colapsado en la calle de Eugenia, en la misma Del Valle, y participó por dos días picando y sacando piedra, y rescatando gente herida y el cuerpo de una mujer muerta.
  3. Unas alumnas comentan que al momento del sismo, ellas no estaban en la Ciudad de México, se encontraban en el estado de Hidalgo realizando su trabajo de campo. Comentan que en su caso la desesperación se debía a que no podían comunicarse con sus familias, estuvieron un día entero sin poder saber si estaban bien o no sus familiares.
  4. Un estudiante comenta que estaba muy preocupado porque él vivía en Xochimilco, y no sabía en qué situación se iba a encontrar con su casa de adobe, su casa se había dañado mucho, por lo que tuvo que aprender a construir con adobe ¿cómo volver a construir su casa de adobe? También hizo referencia a todas las situaciones que se suscitaron en su en torno luego de ocurrido el sismo.
  5. Unas estudiantes habían ido a apoyar a una compañera que estaba en tareas para apoyar a los niños en el pueblo de San Gregorio Atlacopulco en Xochimilco, en épocas en las que no había clases, todo ocasionado por el sismo. El martes siguiente regresan al espacio de reflexión decepcionadas porque comentaban que a quienes habían ido a ayudar no habían perdido sus casas, ellos no eran damnificados. Estas reflexiones nos orillaban a preguntarnos sobre cómo pensar a los damnificados, quiénes son los damnificados, ¿todos somos damnificados? Primero como pregunta y luego como afirmación ya que “todos somos damnificados de uno u otro modo”. Asimismo otras intervenciones nos hacían pensar sobre qué se entiende por ayuda, cómo se ayuda, y quiénes son aquellos que requieren de ayuda.
  6. Algunos estudiantes acudieron a un llamado de ayuda psicológica en el multifamiliar de Tlalpan.[20] En el lugar, se dan cuenta que quienes demandaban la ayuda psicológica no eran las personas que habían perdido sus departamentos, sino un grupo de Boy Scouts que habían formado una brigada para asistir a los damnificados del multifamiliar. Sin embargo, lo sorpresivo fue el contenido de la demanda: los damnificados no permitían a los Scouts ayudarles como éstos lo habían determinado. Necesitaban a los psicólogos para que trabajasen con los damnificados, para que se dejaran ayudar…
  7. Durante tres semanas después del terremoto, la Asociación de Restauranteros de las Colonias Roma y Condesa, distribuyeron gratuitamente 250.00 comidas a los brigadistas y damnificados del sismo. Pero el problema fue, entonces, que además, casi la totalidad de los restaurantes y de muchos comercios de la zona, estaban sin clientela. La gente no salía fuera a comprar, a comer, etc. Fernando señaló esto, porque le parecía que algunos actores sociales habían sido fantasmatizados desde la óptica más politizante de la academia y de las organizaciones civiles. En eso, un estudiante cuenta su historia. Tiene una papelería en el pueblo de Tláhuac, y su mujer y él viven de eso. Pero después del sismo casi nadie iba a comprar como usualmente. Y contó que apenas le estaba alcanzando al día, el dinero para poder desayunar y pagar el transporte de ida y vuelta de la universidad. Por el sismo, las calles, las carreteras de la zona Tlahúac-Coyoacán-Xochimilco, estaban abiertas, hundidas, y el trayecto, que no es demasiado largo, demoraba hasta dos horas y media para venir y otras tantas para regresar. Se puso a llorar. Algunos colegas le dieron una palmaditas en la espalda. Pero el sentimiento de desolación nos llegó a todos. Esto le dijimos: “Lo que nosotros podemos hacer es darte la mejor formación posible para que termines tus estudios y puedas ser un día un psicólogo de profesión”, y alguien agregó: “Y claro, no dejes la papelería…”.  
  8. Otro fenómeno no menos importante, y por qué no decirlo interesante, fueron algunas reacciones de los profesores que estábamos en las reuniones como participantes, contando nuestras historias y haciendo nuestras reflexiones sobre lo que había pasado y estaba sucediendo después del sismo. En la tercera reunión, a dos de nosotros, nos empezó a dar un sueño terrible despúes de la mitad de la reunión en adelante. Como que algo reiterativo, aburrido, pos-postraumático nos nublaba la subjetividad. La cosa parecía demasiado poco interesante, o ya no queríamos oir hablar de lo mismo. Hasta que en esa reunión, hacia el final un par de alumnos levantan temas que cuestionaban el acontecer institucional de los diferentes actores sociales implicados en el teremoto, tanto de las víctimas como de los que socorrían o ayudaban. Consiguieron despertarnos de nuestras resistencias afectivas más obvias.  

 

Reflexiones finales: lo móvil, lo inmóvil y el sentimiento.

En situaciones extremas, en donde la vida se pone realmente en juego, como en los terremotos aquí en México y en otros lugares del mundo, la naturaleza actúa tal y como es. Lo que se mueve, lo inmóvil normalmente, lo que se derrumba, lo que se hiere y se muere, en nuestro dolor más propio, es lo humano, o los seres humanos, enterrados bajo toneladas de piedra contruída, ahora despedazada.

Lyotard en Le différend, decía que:

“El diferendo es el estado inestable y el instante del lenguaje en que algo que debe poderse expresar en proposiciones no puede serlo todavía. Ese estado implica el silencio que es una proposición negativa, pero apela también a proposiciones posibles en principio. Lo que corrientemente se llama sentimiento señala ese estado. ‘Uno no encuentra las palabras adecuadas’, etc.” [21]

Esto es verdad, el sentimiento que tenemos aún es de que no hemos expresado las palabras necesarias para poder decir lo que padecimos y padecieron los demás. Elaboración de lo fantasmal, que durará algún tiempo en realizarse. Esperemos que con suceso. Pero elaboración política también, pues el sentimiento es un resto y un rastro a la vez, de algo que es el resultado de un daño que no puede advenir en el lenguaje, porque el poder se desvaneció durante cuatro minutos. Nadie podía hacer nada. Y de un daño social, de un daño institucional, que hizo entrever más crudamente la corrupción y la impunidad que existe entre los gobiernos locales y los consorcios inmobiliarios que construyeron como quisieron edificios nuevos que se cayeron totalmente en la Ciudad de México; y elaboración político-social porque la mayoría de las casas que se cayeron, o fueron derruidas por daños estructurales en los estados que más arriba mencionábamos, eran de campesinos pobres, de habitantes de pequeñas ciudades, pueblos y pueblitos, y no solamente casas, sino iglesias coloniales, hornos de tortillas, pan y totopos, en fin... En este terremoto, en muchas clases sociales (pero no en todas, claro), se pagó el precio social por habitar en construcciones. Por lo mismo, hay que ponerles mucha atención a esos sentimientos-marcas.

            Agrega Lyotard:

“Hay que buscar mucho para encontrar las nuevas reglas de formación y de eslabonamiento de proposiciones capaces de expresar el diferendo revelado por el sentimiento si no se quiere que ese diferendo pueda ser inmediatamente ahogado en un litigio y que la voz de alerta dada por el sentimiento haya sido inútil. El objetivo de una literatura, de una filosofía y tal vez de una política sería señalar diferendos y encontrarles idiomas.” [22]

Encontrar lenguajes o idiomas múltiples, es la labor de una psicología social de intervención que no sea puesta en el banquillo de los acusados porque sus actores no tenían palabras para poderle decir a sus fantasmas lo que les había pasado. Esos sentimientos de vulnerabildad, de mortalidad, de finitud, de impotencia, de desasosiego, de horror vacui, pero también de solidaridad, de entereza, de lucidez, forman parte de los elementos vivenciales que nos interesó destacar en esta breve narración, buscando algunos conceptos iniciales para poder decir lo casi indecible de la experiencia de lo acontecido.

 


 

 

[1] Profesores e investigadores del Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Ciudad de México.

[2] “-Tienes razón. Yo por esos días andaba en Tuzcacuexco. Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuvieran hechas de melcocha; nomás se retorcían así, haciendo muecas y se venían las paredes enteras contra el suelo. Y la gente salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia dando de gritos. Pero espérense. Oye, Melitón, se me hace como que en Tuzcacuexco no existe ninguna iglesia. ¿Tú no te acuerdas?”

[3] Información obtenida del Servicio Sismológico Nacional. http://www2.ssn.unam.mx:8080/sismos-fuertes/ .

[4] Sólo a manera de ejemplo, en 1985 había alrededor de 6 a 8 ONGs en el país. 3 años después estaban registradas más de 500. (Reygadas, R. Abriendo veredas: iniciativas públicas y sociales de las redes de organizaciones civiles, Convergencia de organismos civiles por la democracia, México, 1998).

[5] Datos del Servicio Sismológico Nacional.

[6] Hasta la fecha el Gobierno Federal de México ha anunciado que, entre inmuebles derruidos por los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017, y los derrumbados por Protección Civil afectados por daños estructurales irreversibles, en los estados de Oaxaca, Chiapas, Puebla, Morelos y Ciudad de México, suman un total de 18,000.

[7] En la Ciudad de México, se exige que todos los vehículos de transporte público o privado sean verificados en sus emisiones de gases contaminantes. La verificación se realiza cada seis meses.

[8] Jean-Baptiste Brenet. Je fantasme. Averroès el l’espace potentiel. France, Verdier, 2017. p. 17. Traducción Fernando García Masip. “Je fantasme”, no quiere decir solamente “yo fantasma”, sino “yo fantasmeo”, “ yo fantaseo”, según la explicación de Averroès al verbo “cogitare” que no significa “intelligere”. Esto significa, que antes del entender, hay un pensar resultante de un amasijo de imágenes, sentimientos, percepciones, cavilaciones, delirios, etc. Por lo mismo, Brenet hace referencias muy lúcidas a los conceptos de “espacio potencial” y de “objeto transicional” de Winnicott, comparándolos con la propuesta averroísta pre-cartesiana.  

[9] Rescatistas especializados en este tipo de desastres.

[10] División política territorial equivalente a un municipio. La delegación Xochimilco cuenta con muchos pueblos, ya que es una de las zonas de transición entre la urbe y el espacio rural. Sucede lo mismo en otras delegaciones que también resultaron fuertemente dañadas: Milpa Alta y Tláhuac.

[11] Con ese adjetivo normalmente se designa la posibilidad de mantener una acción social sin intervención de los partidos políticos o del gobierno.

[12] En ese sentido consideramos que toda la población afectada por el sismo sufrió un daño psicológico, un estrés más intenso de lo normal. Todos, en ese sentido, fuimos damnificados. Algunas semanas posteriores al sismo, tanto brigadistas como la población en general empezó a acudir a servicios psicológicos, con diversos problemas asociados al estrés. Efectos postraumáticos del estrés.

[13] Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo, por sus siglas en español.

[14] Chat “Avisos profesores” en WhatsApp.

[15] El relato de Rosa Döring en el libro referido por la coordinadora (Campuzano, M., Carrillo, J.A. et.al., Psicología para casos de desastre, Pax, México, 1987), plantea ya la cuestión. Dicha autora relata que, frente al caos presente en un albergue de damnificados, más que un trabajo propiamente psicológico, lo que se le ocurrió espontáneamente fue un juego de “ronda”, que permitió empezar a conocerse a la gente que habitaba allí desde el terremoto.

[16] El Área de Concentración, en el currículum de la Licenciatura en Psicología de la UAMX, constituye el último año de la formación de psicólogos. Existen, desde la creación de la licenciatura, dos áreas de concentración: Psicología Educativa y Psicología Social. La intención era doble: atender los que eran considerados problemas relevantes de la población (en aquel entonces, en 1974, la salud mental no era considerada un problema relevante), y por otro presentar un perfil profesional innovador, que enfrentara la tendencia instituida hacia la clínica y la práctica individualista de consultorio.

[17] Se entiende por Psicología Clínica una psicología básicamente terapéutica, orientada principalmente a la asistencia.

[18] Universidad Nacional Autónoma de México.

[19] Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.

[20] En la Calzada de Tlalpan, en una Unidad Habitacional bastante grande, en la que habitaban principalmente maestros en funciones y jubilados, se derrumbó un edificio y muchos otros quedaron inhabitables. Los damnificados de este multifamiliar ha sido uno de los grupos más críticos, organizados y combativos frente a las propuestas gubernamentales.

[21] Jean-François Lyotard. Le différend. Paris, Minuit, 1983. p. 29. Traducción y subrayado de Fernando García Masip.

[22] Ibid. p. 29.

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